
DEMOCRACIA 404
Un reportaje sobre la desafección política

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En los últimos años, cada vez son más los jóvenes que se muestran indiferentes, desencantados o incluso molestos frente a la política. La escena se repite: elecciones con baja participación juvenil, redes sociales llenas de críticas a los partidos tradicionales y una sensación generalizada de que la política “no sirve para nada”. Este fenómeno, conocido como desafección política, se ha convertido en una señal de alerta para las democracias modernas.
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La desafección política se refiere a la pérdida de confianza, interés y sentido de pertenencia de la ciudadanía hacia el sistema político, sus instituciones y representantes. No implica necesariamente un rechazo a la democracia como sistema, sino más bien una distancia emocional y práctica respecto a cómo esta funciona en la realidad cotidiana. En el caso de los jóvenes, esta actitud puede tener raíces en la falta de oportunidades, la percepción de corrupción, la desconexión del lenguaje político o la ausencia de espacios reales de participación.
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Entender por qué ocurre esta desconexión y qué consecuencias trae consigo es esencial para repensar la relación entre juventud y democracia. Este reportaje explora las causas, testimonios y posibles salidas a una problemática que, si no se aborda a tiempo, podría comprometer seriamente el futuro de la participación ciudadana.

CAUSAS
¿Por qué existe desafección política entre los jóvenes españoles?


Cuarenta y ocho años desde la llegada de la democracia a nuestro país son suficientes para poder hablar de tendencias y cultura de voto. En los últimos años, cada vez es más frecuente escuchar el término desafección en los medios de comunicación. Las encuestas reflejan más a menudo el alto porcentaje de gente que, en nuestro país, no confía en la política o directamente decide no participar en ella. Sin embargo, ¿es esta tendencia algo nuevo?
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La desconfianza en la política en España no es algo reciente. Una de las causas principales de este sentimiento es nuestro legado histórico. Como ya se ha mencionado, somos una democracia poco longeva. Durante cuarenta años, nuestro país estaba gobernado por un régimen autoritario. La represión dentro de la dictadura llevó a una asociación de la política con algo conflictivo. Cualquiera que se adentraba en este mundo era represaliado o abocado a la violencia. Por lo tanto, participar en la vida política fue ligado a algo negativo.
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La Transición fue una etapa que tampoco ayudó a una mejor concepción de la política. La muerte de Franco llevó a todos los grupos políticos a sentarse a negociar por una democracia, incluso a los más reacios a ello como los anarquistas. Por ello, el alto grado de movilización que hubo los años posteriores a la muerte del dictador, se fueron diluyendo. Este legado histórico nos ha dejado con una idea muy diferente a la que encontramos en otros países. Los españoles concebimos la política como un factor de problemas en vez de como la solución a ellos.
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Nuestra cultura política tiene mucho heredado de los periodos anteriores a la democracia, pero también existen algunas causas que influyen a la desafección en estos últimos años. La corrupción llegó a nuestra vida política poco después de instaurar la Constitución. Diversos casos ocurridos en nuestro país se han hecho eco internacionalmente por su gravedad. La trama Gürtel, el caso Bárcenas o los ERE en Andalucía. Esto ha influido en la confianza que la sociedad española tiene en los partidos tradicionales y los políticos. La falta de rendición de cuentas y el hecho de que haya ocurrido en ambas ideologías ha hecho que muchas personas se unan a la idea de que “todos son unos ladrones”.
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Las nuevas formas de comunicación, las redes sociales y la alta polarización en los discursos, tampoco ha ayudado a que la población se interese por la política. La imagen que muchas personas reciben de sus representantes son las que obtienes a través de los medios de comunicación. Los discursos crispados y las peleas en el Congreso hacen que los ciudadanos sientan a sus políticos completamente desconectados de la realidad y de las problemáticas existentes.
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Existe una gran complejidad en por qué existe tanta desafección política en nuestro país, e identificar todas las causas es casi imposible. Sin embargo, ser conscientes de nuestra historia y de nuestra cultura política puede ayudarnos a identificar ciertos patrones, y darnos cuenta de que este sentimiento de apatía por la política es algo que lleva existiendo décadas en nuestro país. Solo siendo conscientes de las causas podemos empezar a plantearnos las soluciones. Identificar el problema es el primer paso.

DEMOCRACIA
¿Puede afectar la desafección política a la democracia?
No es un secreto que la confianza en la democracia española no está pasando por su mejor momento. Décadas donde se suceden los escándalos por corrupción, el encadenamiento de crisis económicas y sociales, y el aumento de la desinformación no hacen otra cosa que desincentivar el interés por la política. De aquellos ciudadanos que votan, 6 de cada 10 afirman que se muestran insatisfechos con el funcionamiento de la democracia. El respeto por los partidos y las instituciones se desmorona poco a poco, sin haber un plan sobre qué hacer al respecto. Aun así, ¿hasta qué punto la democracia se está viendo afectada?
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Según datos del Ministerio de Interior, la participación en las elecciones nacionales siempre ha rondado en torno al 65% y el 80% de las votaciones. Períodos de crisis como la de 2008 muestran un declive en la participación electoral, quizás por desgana o desafecto de los votantes. La desmotivación con la clase política se evidencia también en las segundas elecciones de 2019, donde la participación en el mismo año cae más de un 5% (pasa algo parecido con las elecciones entre 2015 y 2016).
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Además de en la participación electoral, la desafección se traduce también en una deslegitimidad del sistema. Autores como Pippa Norris creen que la desafección política es una crisis de confianza en las instituciones, pero no como un rechazo en sí. Esta visión coincide con las fluctuaciones en la participación electoral, la cual aún así nunca llega a desplomarse. Esta autora señala que la corrupción y la mala actuación de los gobiernos están detrás de esta falta de afecto, lo cual también corresponde con el desplome de participación en momentos de repetición de elecciones o de mayor crisis política, económica y social. Carolina, estudiante de 21 años de la URJC, afirma que no cree en el funcionamiento del sistema actual.
Por otro lado, Colin Hay piensa que esta desafección se da porque la política se ha teatralizado hasta el extremo de llegar a ser un espectáculo. No hay alternativas reales que puedan solucionar los problemas de los ciudadanos, por lo que éstos se desentienden de la forma en la que se practica la política. Personas como Raúl, de 22 años, afirman que no hay mucha solución porque todos los partidos ya son prácticamente iguales entre ellos.
Xavier Collier recoge esta idea de teatralización de la política y va un paso más allá. Sentencia que el conflicto que se genera en el parlamento (ha aumentado, además, en los últimos años de manera exponencial) también se traslada a la sociedad: “los políticos son conscientes de esta hipérbole del desacuerdo que proyectan”. Si los ciudadanos entienden que sus representantes no pueden realizar sus funciones, carecen de motivación para seguir apoyando el sistema. Esto causa que la calidad democrática también se resienta, puesto que la tolerancia entre posturas ideológicas distintas es cada vez menor, como afirma María Caso.
No obstante, la democracia no se ha visto tan afectada como algunos pudieran pensar, a pesar de las trifulcas de los últimos años. La democracia no es algo estático, y se debe crear entre todos. No siempre se ha entendido como un servicio público, y las movilizaciones del 15M fueron un reflejo del cambio de paradigma que estamos viviendo en los últimos años. El sistema democrático, tal y como dice Caso, debe ser un valor a pelear y a construir, como si fuera un proyecto de país. Cierto que la ciudadanía se tiene que comprometer más con él, pero como afirma Daniel Casal, politólogo y profesor de la URJC, el sistema también tiene que saber adaptarse para mantener la confianza social porque sin ella, la democracia no tiene futuro.



JÓVENES
¿Cuál es la opinión de los jóvenes sobre la política española?


“No me gusta que me engañen, por eso no voto”, dice Fernando, un joven español. Una opinión que no es aislada, en las últimas elecciones generales, las de julio de 2023, sólo fueron a votar el 56% de las nuevas generaciones que tenían la edad para hacerlo (CIS). El estudio de la Fundación Alternativas también respalda esta tendencia, según este organismo, el 72% de los individuos entre 18 y 30 años creen que los partidos políticos no les representan. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué no votan?
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La principal razón por la que los jóvenes se alejan de la política es la sensación de que nada va a cambiar (69,1% de los encuestados), según un sondeo realizado por nuestro equipo, Democracia 404. “¿Cómo voy a confiar en los políticos si no me puedo pagar si quiera una habitación en Madrid trabajando?”, “¿cómo voy a confiar si mi salario no sube y cada vez está más caro todo?”. Estos son algunos de los argumentos más escuchado entre aquellas personas que no votan. Para esta generación, vivir con empleos inestables, contratos precarios y sueldos bajos se ha convertido en la norma, mientras que los políticos no están atendiendo sus problemas y están más preocupados por otras cuestiones que, a su juicio, son insustanciales.
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Una cosa que se puede pensar es que a los jóvenes no les interesa nada los problemas sociales, pero esto no es así. Las nuevas generaciones no son apáticas a los movimientos sociales. En los últimos años se ha visto un aumento de participación en corrientes sociales. La defensa del colectivo LGTBIQ+, la justicia social o el feminismo, entre otros movimientos, han visto cómo cada vez tienen más participantes de menor edad. El informe “Jóvenes y participación política” de la Universidad de Salamanca (2023) muestra que más del 68% de los jóvenes participan en activismo social o consumen contenido político en redes, pero sólo el 48% se siente motivado a votar. ¿Nos encontramos ante una nueva forma de comprometerse con las injusticias sociales?
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Además de los motivos comentados anteriormente, muchos jóvenes también expresan su desencanto con la burocracia que se encuentran a la hora de votar por correo. El Consejo de la Juventud de España (CJE) establece en un 21% los jóvenes que no votaron por “dificultades logísticas”. Esto ocurre porque muchos estudiantes están empadronados en su hogar de siempre, pero se encuentran viviendo en otras ciudades. Aunque se puede votar por correo, esta modalidad requiere la realización de unos trámites previos que no siempre son claros o accesibles para todo el mundo.
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Para recuperar el voto joven todos los expertos coinciden en que los partidos políticos deben hacer una escucha más profunda y real de la ciudadanía de menor edad. Algunos ya han empezado a comunicarse con ellos a través de las redes sociales como Tik Tok. Si consiguen adaptarse a los lugares donde se encuentran los jóvenes es más probable que exista una comunicación entre las instituciones y la ciudadanía. Los jóvenes no han dejado de interesarse por la política, pero sí que reclaman una manera distinta de hacerla. Un informe de Politikon afirma esta realidad: “los jóvenes no están alejados de la política, sino de los políticos”. Su compromiso está adaptándose a los nuevos tiempos, pero el sistema todavía no ha encontrado la forma de hacerlo.
El equipo de Democracia 404 ha elaborado también una encuesta enfocada tanto en los jóvenes de nuestro país como en la población general. En la siguientes diapositivas hemos presentado las respuestas que hemos considerado más interesantes y que ilustran mejor la cultura política en la gente joven que vive en España.
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¿Cómo describirÃas tu grado de interés en la polÃtica?

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SOLUCIONES
¿Cómo podemos aumentar el interés en política?
La desafección política es un fenómeno creciente que amenaza la vitalidad de las democracias modernas. Para contrarrestar esta tendencia, es esencial implementar soluciones que promuevan la educación cívica, fomenten la participación ciudadana y combatan la desinformación. A continuación, se exploran diversas estrategias y se analizan experiencias internacionales que han demostrado ser efectivas en este ámbito.
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La alfabetización mediática es fundamental para desarrollar el pensamiento crítico y capacitar a los ciudadanos en la identificación de noticias falsas. Iniciativas como el proyecto '(In)fórmate', lanzado por Fad y Google en España, buscan educar a adolescentes de 14 a 16 años en el análisis crítico de contenidos mediáticos y en la distinción entre información veraz y falsa. Este programa utiliza herramientas tecnológicas y metodologías innovadoras para involucrar a los jóvenes en su proceso de aprendizaje.
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A nivel europeo, se han desarrollado herramientas digitales para mejorar las capacidades de los usuarios en la verificación de información. Por ejemplo, la plataforma IVERES, creada por RTVE y la Universidad Autónoma de Barcelona, utiliza inteligencia artificial para ayudar a periodistas y ciudadanos a verificar la veracidad de los contenidos.
El uso de plataformas digitales ha revolucionado la forma en que los ciudadanos interactúan con sus gobiernos. Un ejemplo destacado es la plataforma 'Decide Madrid', implementada en 2015, que permite a los ciudadanos proponer, debatir y votar iniciativas, con el compromiso del Ayuntamiento de llevar a cabo aquellas que obtengan suficiente apoyo. Esta herramienta ha incrementado la participación ciudadana y ha facilitado la implementación de proyectos alineados con las necesidades de la comunidad.
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A nivel internacional, el 'Gabinete Digital' del estado brasileño de Rio Grande do Sul es un programa de participación digital y física en funcionamiento desde 2003. A través de esta iniciativa, los ciudadanos proponen cambios en las políticas públicas y participan en consultas sobre temas generales, priorizando las propuestas que consideran más relevantes para su implementación por parte del gobierno.
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En la era digital, la política ha encontrado nuevos canales de comunicación, y una de las figuras más destacadas dentro de este fenómeno es la del influencer político. A diferencia de los políticos tradicionales, estos creadores de contenido no necesariamente ocupan cargos públicos ni pertenecen a partidos, pero han conseguido movilizar a miles, incluso millones de personas, a través de plataformas como YouTube, Twitter, Instagram y TikTok. Su papel ha sido fundamental para acercar la política a sectores de la población que tradicionalmente han estado desconectados de los debates públicos, especialmente los jóvenes.
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Los influencers políticos han demostrado ser una herramienta clave para combatir la desafección política, utilizando formatos atractivos y accesibles para explicar temas complejos. Muchos de ellos han optado por un lenguaje claro, directo y a menudo con un toque de humor para conectar con audiencias que suelen alejarse de los discursos tradicionales. A través de videos, hilos en Twitter o transmisiones en vivo, explican desde el funcionamiento del sistema electoral hasta las implicaciones de una reforma legislativa, logrando que más personas comprendan y se interesen por lo que ocurre en sus países.
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Uno de los aspectos más relevantes de los influencers políticos es su capacidad para combatir la desinformación. En un mundo donde las fake news se propagan con rapidez, estos creadores han asumido el rol de verificadores de datos, desmontando noticias falsas y explicando con pruebas por qué ciertas afirmaciones carecen de fundamento. Esto es especialmente importante en contextos electorales, donde la manipulación de la información puede afectar directamente la decisión de los votantes. En este sentido, figuras como Hasan Piker en Estados Unidos han conseguido millones de seguidores gracias a su análisis en vivo de eventos políticos, aportando contexto y explicaciones en tiempo real.
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Más allá de la divulgación, los influencers políticos también juegan un papel clave en la movilización social. En varios países, estos creadores han impulsado campañas de registro de votantes, han llamado a manifestaciones masivas y han promovido iniciativas ciudadanas. En Estados Unidos, en las elecciones de 2020, la campaña #GoodToVote, impulsada por influencers y celebridades en redes sociales, llevó a un aumento del registro de votantes entre los jóvenes, un grupo que históricamente presenta tasas de abstención elevadas.
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Sin embargo, el fenómeno de los influencers políticos también presenta desafíos y riesgos. A diferencia de los periodistas o analistas políticos tradicionales, estos creadores de contenido no están sujetos a códigos de ética o regulaciones que garanticen la veracidad de la información que comparten. En algunos casos, han surgido influencers que, en lugar de promover el pensamiento crítico, han contribuido a la polarización extrema y la creación de cámaras de eco donde solo se refuerzan ciertas narrativas. Además, muchos de ellos han sido blanco de ataques y campañas de desinformación, convirtiéndose en objetivos de gobiernos o grupos con intereses específicos.
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Algunos países han implementado reformas para fomentar una mayor participación política entre los jóvenes. Por ejemplo, Austria redujo la edad mínima para votar a 16 años en 2007, buscando involucrar a los adolescentes en el proceso democrático desde una edad temprana. Estudios posteriores han indicado que esta medida ha incrementado la participación juvenil y ha fomentado un compromiso político más duradero.
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Además, modelos de democracia participativa, como el Presupuesto Participativo de Porto Alegre en Brasil, han demostrado ser efectivos en la inclusión de los ciudadanos en la toma de decisiones sobre el gasto público. Implementado desde 1989, este modelo permite a los ciudadanos decidir directamente sobre una parte del presupuesto municipal, lo que ha resultado en una mayor transparencia y en proyectos que reflejan las necesidades reales de la comunidad.
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Las experiencias internacionales indican que la combinación de educación cívica, uso estratégico de la tecnología y reformas institucionales puede ser efectiva para combatir la desafección política. Programas educativos que promueven el pensamiento crítico y la alfabetización mediática han demostrado ser herramientas valiosas en la lucha contra la desinformación. Asimismo, plataformas digitales de participación ciudadana han facilitado una mayor implicación en los procesos democráticos. Sin embargo, la efectividad de estas soluciones depende en gran medida del contexto cultural, político y social de cada país, así como del compromiso continuo de las instituciones y la sociedad civil para adaptarlas y mejorarlas según las necesidades específicas de su población.



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